Recuerdo del Colapso

uenos Aires flotaba en un extraño caldo de calor y tensión el 19 de diciembre de 2001.

Al mediodía, ya era obvio que ese día no iba a terminar como los demás. Los comercios del barrio de Congreso y otras zonas céntricas empezaron a bajar las persianas metálicas y a dejar ir a sus empleados. A través de las vidrieras de los bares, los televisores clavados en Crónica TV o Todo Noticias mostraban de qué se estaban protegiendo los comerciantes: en ese enorme conglomerado de gente, pobreza y desempleo que es el sur y el oeste del Gran Buenos Aires, el caldo estaba espeso y ya había empezado a hervir.

Las imágenes de saqueos llegaban desde varias localidades suburbanas. Noticias de hechos similares en el interior hacían todo más dramático. La violencia y el caos amenazaban con volcarse sobre las calles de Buenos Aires.

Un puesto de redactor en una agencia de noticias nacional en ese momento era quizás uno de los lugares más indicados para observar los acontecimientos. A menos que el periodista en cuestión se hubiera tomado el día libre para ir a ver a San Lorenzo salir campeón de la Copa Mercosur, esa noche, en la final contra Flamengo de Brasil. En eso estaba este cronista hacia la media tarde. Camiseta y gorra azulgranas, una picada en casa de un amigo: todo listo para salir hacia el estadio.

El estado de ánimo no era festivo, sin embargo. Crónica no paraba de escupir placas rojas con saqueos en el conurbano, muertos en el interior, violencia y miedo en todas partes. Poco tiempo pasó hasta que Fernando De la Rúa declaró el estado de sitio, las autoridades futbolísticas suspendieron el partido, y el hincha se sacó la camiseta.

Minutos después, cerca de las 18, el periodista vuelto en sí viajaba en un subte vacío hacía la agencia, a cuadra y media de Plaza de Mayo. Iba seguro que ese día no iba a terminar como los demás. Era una de esas ocasiones en que un cronista ve a la Historia ocurrir en tiempo real delante de sus narices.

medida que la noche del 19 avanzaba, la redacción trabajaba a ritmo frenético y los rumores de renuncias en el Gobierno volaban por los aires de un lado al otro. Cerca de las 22, De la Rúa dio un discurso por cadena nacional. Como siempre desde que asumió dos años antes, “no dijo nada” — en términos de la jerga noticiosa — y lo único que logró es que se enojara más la gente, que vio el discurso en busca de respuestas al caos.

De a poco, las radios y los canales de televisión y las llamadas a la redacción desde distintos barrios empezaron a reportar algo inédito: los porteños salían a los balcones con sus cacerolas a golpear y golpear y pedir que se fuera De la Rúa. Al ver a sus vecinos que hacían lo mismo, se ponían de acuerdo y bajaban a las calles. Los de cada cuadra se juntaban en la esquina. Y los de cada cuadra se juntaban con el resto del barrio. Se formaron columnas de gente que empezaron a caminar a Plaza de Mayo.

La orden del jefe de redacción llegó hacia las 23. El cronista bajó a la calle y caminó hasta la plaza, más histórica que nunca. Unas cincuenta personas estaban frente a la Casa Rosada. Golpeaban latas, cacerolas, botellas plásticas de gaseosas, a ritmo tranquilo, sostenido, y sin parar nunca. Tenían una expresión en sus rostros que era una mezcla de enojo y exigencia, pero que también mostraba la satisfacción de haber encontrado la manera de decir “basta”.

Más gente llegaba, caminando por la calle. El frente de la Casa de Gobierno ya estaba cubierto de gente. Cantaban el Himno Nacional, estrenaban el “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”, y golpeaban, no paraban de golpear. Banderas y camisetas argentinas, carteles improvisados, y sí, más de un frustrado hincha de San Lorenzo, se veían en la multitud.

la medianoche, la plaza se estaba llenando. Gente común, chicos y grandes, familias enteras. Al mirar desde la plaza hacia la Avenida 9 de Julio, no se podía ver el asfalto de la Avenida de Mayo: sólo se veía un mar de cabecitas que avanzaba hacia la Casa Rosada. Ya no quedaba mucho lugar libre para tanta gente.

Poco después comenzaron la represión injustificada y la violencia en el centro porteño que iban a durar casi un día entero y no terminaron hasta que el helicóptero se llevó a De la Rúa.

Ese cacerolazo del 19 fue la más grande acción política espontánea que se haya visto en Argentina en varias décadas. Como testigo directo de esos dos días históricos, este cronista sintió que en las calles de Buenos Aires esos días había esperanza y bronca, gente cansada que vio que podía cambiar las cosas.

Si lo que esa gente hizo al salir a la calle sirvió de algo o todo fue sólo un manotazo de ahogado de un país que se sumergía, lo dirá la Historia.

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