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NY Daily News
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a Wall Street /
Junio 2006
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| Martin
frente a una fábrica de globos a la que estaba asistiendo
en 2006 ++
FOTO: D. Graglia |
l
otoño de 2004 acababa de empezar cuando, en la oscuridad
de un cine de la calle Houston, la vida de Brendan Martin cambió
para siempre.
Para cuando
el invierno llegara a la ciudad, él ya no estaría
aquí.
Martin, socio
en una compañía de información financiera en
Wall Street, se mudó ocho mil kilómetros al sur de
su hogar de Morningside Heights, impulsado por lo que vio esa noche
en pantalla.
La
película era La Toma, un conmovedor documental y
manifiesto anti-neoliberal sobre las decenas de fábricas
bajo control obrero que surgieron en Argentina tras el colapso económico
del país en diciembre de 2001. Muchos empresarios habían
cerrado sus compañías, con la intención de
pagar sus deudas con la venta de las máquinas. Pero los trabajadores
entraron a los edificios cerrados y volvieron a trabajar, con la
esperanza de que jueces y legisladores comprensivos le dieran legalidad
a esa movida arriesgada.
Cuando
la película terminó, Martin conoció al director,
el periodista y activista canadiense Avi Lewis. (Naomi Klein, la
famosa autora de No Logo, fue la guionista del filme).
Martin le preguntó qué podía hacer para ayudar
a los sufridos trabajadores argentinos.
Lo que más
necesitaban, le dijo Lewis, eran préstamos, dinero que pudieran
poner a trabajar.
·
· ·
a
fábrica de camisas Ceres está en una calle arbolada
del tranquilo barrio de La Paternal en Buenos Aires. Es una de las
más de 160 "fábricas recuperadas" y cooperativas
de trabajadores que hoy funcionan en Argentina. Los cálculos
más conservadores dicen que ellas dan trabajo a unas diez
mil personas. Martin, de 32 años y cara aniñada, llegó
a la fábrica una soleada mañana de verano en enero
pasado. Vestía jeans y una camiseta de mangas cortas bordeaux
y cargaba una mochila negra. Quería mostrarles a los trabajadores
las nuevas etiquetas que su organización sin fines de lucro,
The Working World, les estaba ayudando a diseñar.
Martin lleva
más de un año viviendo en Buenos Aires y esto se nota
en su español. Lo habla sin problemas con el acento gritón
y teñido de italiano de la gente local. "Es importante,
porque va a ser su nombre", le dijo, sobre las nuevas etiquetas,
a Celina Báez, una costurera de 48 años nacida en
Paraguay. Báez le estaba cosiendo bolsillos a camisas para
los uniformes de una importante compañía de autobuses.
La cooperativa había comprado la tela para el encargo con
un préstamo de TWW de unos 660 dólares.
"Tenemos
trabajo, nos gustaría poder abarcar un poquito más",
explicó Marcela Regueira, de 43, la presidenta de la cooperativa
de once trabajadores.
Desde diciembre
de 2004, The Working World otorgó más de veinte préstamos
a una docena de cooperativas y fábricas recuperadas, que
los usaron para comprar materia prima, mejorar su infraestructura
o comprar o reparar máquinas. Por ejemplo, el acceso a capital
de trabajo fue clave para la fábrica metalúrgica recuperada
Crometal. Hasta que TWW le dio tres préstamos consecutivos
por un total de 29 mil dólares, estaba obligada a esperar
el pago de una orden antes de poder comprar material para la siguiente.
"Por lo
general, no hay préstamos como estos disponibles para la
gente", dice Martin. A diferencia de los bancos, TWW no pide
garantías. "No tenemos más garantía que
la buena voluntad", explica.
El
dinero sale de un fondo creado por Martin, que hasta ahora recaudó
unos 120 mil dólares. Según explica, esto incluye
donaciones privadas y de sindicatos y también donaciones
y recaudaciones de entradas a proyecciones de La Toma.
(Lewis, el cineasta, es co-fundador y promotor internacional de
TWW). Martin dice que aportó unos 55 mil dólares de
sus propios ahorros. "En este momento, estamos perdiendo dinero",
dice, y explica que TWW debería sustentarse sola a partir
del año que viene. Entonces, él espera volver a ahorrar
dinero para llevar la organización a algún otro país.
La tasa de
interés de los préstamos es del diez por ciento. Esto
significa, literalmente, perder dinero, ya que el año pasado
la inflación en Argentina fue del 12 por ciento.
ntre
los beneficiarios de los préstamos hay fábricas de
globos, cristalería, zapatos, calzados deportivos y autopartes.
Una cooperativa de cartoneros –recolectores informales de
basura que se volvieron muy comunes en las calles de Buenos Aires
luego del colapso- pidió un préstamo para alquilar
un molino que le permite hacer su propio reciclado de plásticos.
"No nos
ayuda nada el gobierno. Estamos pidiendo un subsidio, pero no vino",
dice Alicia Pérez, trabajadora de la Cooperativa Unidos por
el Calzado. "(El fondo) nos prestó diez mil dólares
para promocionar la marca".
Para
Martin, el éxito de los préstamos se mide en dos escalas
de valores: su impacto social –el bienestar de los trabajadores
y la creación de empleo- es tan importante como que el dinero
sea devuelto.
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| Trabajadores
en la cooperativa Ceres en Buenos Aires ++
FOTO: D. Graglia |
Si una cooperativa
tiene problemas para pagar, dice Martin, TWW trata de ayudar a los
trabajadores a resolver los problemas que estén teniendo.
La liquidación de activos es un último recurso y afecta
sólo a los activos adquiridos con el préstamo. "Creemos
que la responsabilidad por un préstamo es tanto del que lo
recibe como del prestamista", dice Martin.
Además
de los préstamos, hace poco Martin creó market.theworkingworld.org,
donde consumidores estadounidenses pueden comprar productos hechos
por las cooperativas argentinas. Allí, un par de zapatos
de cuero de suela gruesa hechos por la cooperativa Desde el Pie
cuesta $57, con el envío incluido.
El sitio Web
busca generar dinero para los trabajadores y contribuir al fondo
y, al mismo tiempo, cuestionar el modelo de marketing global impuesto
por las multinacionales. "La mayor parte del dinero de un zapato
de correr se lo lleva la marca y los que lo hacen se llevan poco",
dice Martin. Agrega que su meta es "volver a colocar al productor
y al consumidor en el medio, intentando desplazar a las marcas de
su lugar".
ientras
su trabajo diario es cambiar el mundo un micropréstamo tras
otro, en su tiempo libre Martin sigue haciendo trabajos de consultoría
para la compañía de información financiera
que ayudó a fundar. "Todavía necesito ganarme
la vida", dice.
Nacido en Washington
D.C. y criado en Rochester, N.Y., Martin se sintió atraído
por la economía cooperativa en la universidad, en Wesleyan.
Cuando vio La Toma, ya había estado pensando en dejar Nueva
York para trabajar "en un banco de microcréditos en
Bangladesh o hacer algo en América latina".
"Cayó
justo en su lugar", dice del filme.
Más
de un año y medio después de aquella noche en el cine,
su vida es completamente diferente. Sube con confianza a trenes
que van a esos desolados suburbios post-industriales que los porteños
de clase alta normalmente no visitan. Maneja un Torino, un auto
de diseño nacional de los '60 que es el orgullo de los fierreros
argentinos de clase trabajadora. Juega al fútbol –
ese en el que jugar la bola con la mano es falta. Y está
de novio con una argentina.
Martin
estaba en Nueva York por las Navidades cuando nos encontramos por
primera vez, en el restaurant La Rosita en Morningside
Heights. Orgulloso, me mostró sus botas negras hechas en
Desde el Pie y, durante dos horas, no paró de hablar sobre
su emprendimiento. En un momento, le pregunté qué
significaba todo esto para él.
"Mi vida
ha cambiado por completo", dijo. "Siento que se abrió
a todo lo que siempre quise hacer".
"Es
lo mejor que he hecho en mi vida".
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