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 » Una feria de Navidad en Palermo / 20 de diciembre de 1998

Mi primera nota firmada en Clarín.

slovenia es, como siempre lo fue, vecina de Croacia. Pero desde Ucrania se escucha el samba que bailan los brasileños; Corea limita con Bolivia; Galicia y Andalucía están bien separadas, como si no tuvieran nada que ver una con otra; y máscaras de Angola colgadas de un árbol miran hacia Israel.

Es que, por tres días, la feria Navidad de las Colectividades, organizada por el Gobierno porteño, se olvidó del rigor de la geografía para juntar en el Rosedal de Palermo puestos con comidas, artesanías, bailes y música de unos veinte países.

La gente que a pie, en bicicleta o en patines recorre el paseo los sábados de sol se encontró ayer por sorpresa con los stands levantados por asociaciones de residentes extranjeros en el país o sus hijos y nietos. Las banderas de los diferentes países adornaban la muestra, que sonaba como una torre de Babel musical: cada uno tenía su equipo de sonido y se escuchaban ritmos de todas las latitudes.

Cuando la tarde se terminaba, la Orquesta de Tango de Buenos Aires, conducida por Carlos García y Raúl Garello, abrió un festival en el que participaron las colectividades con sus bailes típicos.

El angoleño Boni Ngitukulu atiende en un stand donde hay artesanías de varios países del Africa Negra (la región subsahariana y la costa occidental del continente). Explicó que las máscaras de madera, con grandes labios y ojos finos, no son para bromas. "Uno se disfraza de sus antepasados para recordarlos", dijo. Si los visitantes tienen suerte, Boni los deja sentarse en una silla de madera tallada que, según contó, es propia de los jefes de las tribus.

Un puesto que se destaca es el de la colectividad griega, por sus imponentes columnas que, aunque de telgopor, parecen tan reales como los mármoles del Partenón. Entre postales de Atenas y vajillas importadas con detalles en oro, María Galitis recomendó el "giro", que está a mitad de camino entre sándwich y empanada, relleno con carne de cordero, salsa de pepinos con yogur y una ensalada.

n frente, un puesto imita una casa típica de Eslovenia. Allí se puede comer "strudel", un rico pastel de manzanas, y charlar con la gente del Centro Cultural Esloveno de Carapachay, que es uno de los 8 que hay en Buenos Aires. "Hablamos y escribimos esloveno", comentó Ireneo Markez.

Cada colectividad le da su toque propio a la Navidad. Así, en la paraguaya se puede ver un pesebre armado con ramas en el que se colocan regalos autóctonos: tejidos de ñandutí, mates de palo santo o comidas como la chipa o la sopa paraguaya. Orgullosa, Nilda Ramírez afirmó que sus hijas Patricia y Alejandra conservan las tradiciones que ella trajo de Paraguay hace 30 años, porque "la sangre les tira".

Cerca de allí, suena la inconfudible música del carnaval brasileño. Es la gente del centro de residentes "Numa Boa", que nuclea a 350 de los 16 mil brasileños que viven aquí, según dijo Angela Carlos, una morena de Vitoria. Mientras, preparaba caipirinhas para acompañar los "cachorros quentes" (panchos) y "espetinhos" (recomendables brochettes con carne asada).

También se puede ver a los libaneses católicos maronitas, que son "árabes por el idioma, pero no musulmanes", como explicó Gabriel Atallah, ataviado con su "kafía", la túnica que protege la cabeza del sol en el desierto.

Pero las opciones de la feria no son sólo esas: vino o pisco chilenos, banderillas de torero traídas de Andalucía, libros en polaco y muchas otras más.

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