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 » El fútbol que no miramos / Abril 1998

(*Esta es la primera vez que este artículo se publica. Lo escribí para el concurso "Los Argentinos y el Fútbol" para jóvenes periodistas de medios gráficos, cuyo jurado incluía a Víctor Hugo Morales, uno de los periodistas deportivos más respetados en Argentina. El tema son las ligas de fútbol menos exitosas en el interior del país).

- “¡Goool! ¡Gooooolllll! ¡Golazo!”
Los puños crispados, los labios en un círculo, los ojos bien abiertos, las rodillas dobladas amagando con hincarse para seguir gritando de cara al cielo.
- “¡Nene, bajá esa radio y dejá de gritar!”
- “Ufa”- lo que daría en ese momento por estar en esa popular que aúlla en un festejo loco.

ero esa popular está muy lejos. A mil kilómetros, quizá más, en algún lugar de la Capital Federal o sus alrededores. Con las tribunas llenas de esos “privilegiados” que siempre tuvieron el fútbol al alcance de un colectivo urbano. No como los nostalgiosos, pero no menos fieles, hinchas misioneros, patagónicos, pampeanos o catamarqueños que viven una pasión a larga distancia.

Y esas ganas de estar ahí crecen domingo a domingo en esa casa de ese tranquilo barrio de esa ciudad del interior. Esa ciudad que no es ni Santa Fe, ni Rosario, ni Córdoba, ni La Plata. Es, en cambio, una de esas zonas dejadas de la mano del Dios del fútbol, que no tienen un equipo que las represente en los campeonatos de la Asociación del Fútbol Argentino.

Son lugares donde el fútbol local “arrastra” a pocos más que los parientes de los jugadores y los integrantes de las comisiones directivas de los clubes.

Lugares como Misiones, donde, mientras la Liga Posadeña (la más importante de la provincia) analiza seriamente la posibilidad de desafiliarse de la AFA, los corazones futboleros se dividen entre los porteños Boca y River, antes que entre los locales Guaraní Antonio Franco, Bartolomé Mitre o Atlético Posadas (el otrora decano del fútbol local, que hace más de un año “desarmó” su equipo de primera porque no era rentable presentarlo en los campeonatos).

O lugares como San Fernando del Valle de Catamarca, donde los dirigentes de la Liga Capitalina también se plantearon renunciar a su afiliación a la entidad nacional del fútbol, pero no lo hicieron porque consideraron que el fútbol local perdería el poco interés que despierta en los aficionados catamarqueños.

“Aquí la gente no va a la cancha. Y participar en el Torneo Argentino siempre les dio pérdidas a los equipos”, ilustró Gustavo Soraire, jefe de la sección Deportes del diario “El Ancasti”, de la capital provincial.

No muy lejos de esa realidad, la Liga Formoseña se enfrenta a una situación institucional que, por conflictos teñidos de motivaciones políticas, navega entre el desastre y el papelón: actualmente hay dos personas que se arrogan el cargo de presidente de la institución. Uno, Luciano Ciotti, se niega a abandonar el cargo después de cumplida su gestión. El otro, Ramón Perelli, fue proclamado para sucederlo por una asamblea que sus adversarios consideran inválida.

El enfrentamiento no finaliza allí, ya que los dirigentes de los clubes se alinean detrás de uno y otro autonominado presidente y entorpecen el desarrollo del campeonato local, que recién comenzó, después de siete meses sin fútbol. Es que a veces los equipos se presentan a jugar o no, de acuerdo a la pertenencia política de la dirigencia del rival. Ante ese panorama, redondeado por la escasa convocatoria de público a las canchas, el conflicto amenaza con resolverse sólo por la vía judicial.

a falta de interés de los aficionados es un rasgo que también se repite en Chubut, donde la Liga de Fútbol de Comodoro Rivadavia (una de las tres de la provincia) despierta menos pasión que el televisado fútbol de la AFA. “Los clubes están muertos económicamente”, afirmó Mario Carpio, periodista del matutino “Crónica” de esa ciudad chubutense, y agregó: “hay más hinchas de equipos de la Capital que de aquí”.

Santiago del Estero no escapa a este cuadro, aunque en la provincia hay un equipo que puede considerarse la excepción: Central Córdoba, que con su participación en el Torneo Argentino “A”, donde recientemente clasificó para una nueva fase, despertó festejos populares de la misma magnitud que cuando Boca venció a Ríver en el último clásico, y reunió a miles de hinchas en la plaza principal de la capital provincial.

De todas maneras, además de Central Córdoba, sólo dos o tres equipos más (Sarmiento de La Banda, Mitre o Güemes) llevan cantidades aceptables de gente a la cancha.

“En conjunto, los clubes le adeudan a la Liga 85 mil pesos y esa cifra no se puede recuperar de un día para el otro”, resumió el presidente de la Liga Santiagueña, Guillermo Migueles, quien explicó que las recaudaciones alcanzan sólo para cubrir los gastos mínimos de la organización de los partidos. “El excedente no alcanza para premios o sueldos para los jugadores”, concluyó.

Son justamente los sueldos -o su ausencia casi total- otro de los principales flancos débiles de las ligas “menores” del fútbol en la Argentina.

Lo normal es que los jugadores jueguen “por amor a la camiseta” y cobren sólo viáticos ocasionales. Las excepciones, es decir los casos de jugadores que perciben una paga regular, se dan de diferentes maneras: una de las más comunes es que los dirigentes empleen a los “cracks” del club en una empresa familiar o que usen sus vinculaciones políticas para “ubicarlos” en alguna dependencia estatal. Son pocas las ocasiones en que un jugador cobra su salario directamente del club.

Es así como el fútbol se muestra como otro de los escenarios para la aparición de la famosa flexibilización laboral. Hay numerosas maneras de acordar la participación de un jugador en un equipo, que llegan hasta el antiquísimo trueque.

“Los jugadores arreglan para toda una temporada a cambio de, por ejemplo, un televisor o un microondas”, relató el chubutense Carpio.

“La mayoría sólo cobra premios, nada de sueldos”, coincidió Rody Montenegro, jefe de Deportes del diario “El Liberal” de Santiago del Estero. “Y ni siquiera es todo el plantel: sólo a los más importantes les consiguen un trabajo o les tiran unos pesos”, continuó.

n la Liga Posadeña, hace unos meses levantó revuelo una denuncia según la cual los jugadores de Atlético Candelaria (que representa al pueblo homónimo) cobraban subsidios del Plan Trabajar, supuestamente otorgados por el propio intendente del pueblo.

Montenegro planteó un caso similar: en la Liga Santiagueña hubo sospechas de que el intendente de La Banda, hincha fanático de Sarmiento, les dio contratos en la Municipalidad a los jugadores e incluso al director técnico del club.

Pero son dos ejemplos que aportó el catamarqueño Soraire los que hacen patente, de una forma tragicómica, la apretada sobrevivencia de los clubes:

- Atlético Policial, de la capital catamarqueña, pagó el pase de un jugador proveniente de Defensores del Norte con 3 mil blocks de hormigón que el club “vendedor” necesitaba para construir un muro en su cancha.

- En esa liga, otro jugador pasó a préstamo por dos partidos a cambio de… ¡dos ollas de empanadas!

En este cuadro general de ligas y clubes paupérrimos, que apenas pueden mantener a sus equipos de primera división, las inferiores están casi abandonadas.

Son contados los casos de jugadores de estas provincias que pasaron de sus respectivas ligas locales a equipos de nivel nacional.

or el contrario, los chicos que quieren tener un futuro en el profesionalismo evitan las inferiores locales y emigran a una edad temprana hacia centros de mayor jerarquía futbolística, como Rosario, La Plata o Buenos Aires. Los clubes de estas ciudades suelen rastrear talentos, mediante visitas periódicas de sus técnicos de inferiores a las provincias. Los adolescentes que prometen un buen nivel son invitados a probarse en la sede del club y, de tener suerte, se quedarán a vivir en una pensión, soñando con un futuro de primera.

Catamarca vuelve a ofrecer un ejemplo extremo para estos casos: Julio César Bayón, uno de los Pekerman Boys que trajeron el título mundial juvenil de Qatar en 1995, actualmente no tiene club.

Todos esos factores son los que configuran, a las espaldas del fútbol millonario -en dólares, en hinchas y en televidentes-, otro país futbolero. El de la pasión melancólica por un equipo que el hincha pocas veces ve jugar en vivo en un estadio. El de los estadios vacíos y los sacrificados jugadores amateur. El del interés por River-Boca y no por Defensores de Formosa-Deportivo Patria. El de las recaudaciones exiguas y las canchas peladas y poceadas. El de dos ollas de empanadas y no de pases multimillonarios y piernas aseguradas en cifras increíbles. El de salir a festejar a la plaza, pero no desde el estadio, sino del sillón frente a la tele.

Es un país oculto para las cámaras del rating, el fútbol que no miramos.

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