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del Humo en la Gran Ciudad /
December 9, 2004
Roladores hacen cigarros a mano en Nueva York. La mayor
parte son del mismo pueblo dominicano.
us
manos no paran de moverse sobre la mesa descascarada, donde tiene
dos montones separados de hojas de tabaco. Toma dos hojas de uno
y las alisa sobre la madera. Del otro, saca otras bien secas, de
un marrón más oscuro, y las coloca encima de las primeras.
Enrolla todo velozmente hasta formar un cilindro liso bien apretado.
Retazos de hojas van cayendo al piso a su alrededor, como si el
otoño también estuviera dentro de la tienda.
Al
otro lado del cristal, algunos transeúntes se detienen y
entretienen observando el trabajo veloz del artesano.
Con
el cortador, una pequeña máquina metálica,
el hombre guillotina una punta del cilindro de hojas. Lo coloca
a presión en un molde de madera que parece para hacer salchichas:
tiene una serie de canales redondeados donde caben una docena de
rollos.
El
molde será prensado con otra madera encima por media hora
o más. Luego, el artesano envolverá cada rollo con
más hojas --la capa-- que cortará de a una y cuidadosamente
con la chaveta, una hoja metálica semicircular, filosa y
sin mango. Pegará las hojas con goma natural de semilla de
tragacanto.
El
último paso será colocar la cabeza, un trozo de hoja
que cierra la punta del cigarro. El hombre la alisará con
el canto de la chaveta como un repostero que le da el último
toque a la crema de un pastel.
Un
nuevo cigarro quedará así listo para que algún
aficionado --¿estrella de hip hop? ¿camionero? ¿ejecutivo
de Wall Street?-- paladee su humo sabroso.
Un
arte de muchos secretos
odos
los días en varias tiendas en diversos puntos de la ciudad
de Nueva York, esta escena se repite una y otra vez. Los roladores,
hombres de manos ágiles, pueden multiplicarla por doscientos
o trescientos en una jornada de trabajo. Producen lo mejor del mercado:
cigarros hechos a mano, preferidos por los que saben.
"Esto
es un arte, tiene muchos requisitos, muchos secretos", dice,
el pecho ancho de orgullo, Marcelo Polanco, a quien las ásperas
hojas de tabaco llevan más de treinta años de suavizarle
las manos.
Sobre
la vereda de Sexta Avenida, los curiosos observaban a través
de la vidriera de De la Concha Tobacconist cómo el rolador
de 51 años crea uno tras otro, momentos de futuro deleite.
"El tabaco es un sazón", dijo, "la mano de
obra cuenta mucho, quién lo haga".
Denominación
de origen: Tamboril
i
un cigarro es hecho a mano en Nueva York, es casi seguro que el
rolador es dominicano. Y la mayoría son de Tamboril, un pueblo
en el norte de la república, cerca de Santiago.
"No
he conocido ninguno cubano, aquí todo el mundo son dominicanos",
asegura el cubano Julio Suris, propietario de Taíno Cigars,
con locales en el Bajo Manhattan y en Novena Avenida, donde trabajan
diez roladores.
Cubanos
o dominicanos, lo que comparten los fabricantes y vendedores de
humo es que los cigarros son negocio y tradición de familia.
Los Suris se dedican a esto tanto en Cuba como en Estados Unidos.
Los Polanco, que tienen su local --PB Cuban Cigars -- en la calle
22, junto a unos socios, son una de las tantas familias tabaqueras
de Tamboril.
También
de allí son los Portes, propietarios de Quisqueyana Cigars
en el Bajo Manhattan y dos locales más: uno en Washington
Heights y el otro en Newark, Nueva Jersey.
"Mi
abuelo lo hacía allá, mi padre empezó a producir
aquí en el '92", explica Karina Portes, quien a los
23 años --y luego de graduarse como administradora de empresas
-- ya tomó las riendas del local del Bajo Manhattan. Sus
cuatro hermanas y alguna de sus primas también participan
del negocio familiar, dijo la joven, nacida en Nueva York.
Más
que un producto
eparado
del ruido de la tarde por el ventanal de la tienda, otro especialista
venido de Tamboril, Yovany Peña (39), arma cigarros sin parar,
mientras Karina atiende a los clientes al ritmo de una orquesta
cubana.
"Allá
aprendes tú hasta sin querer", dice Peña sobre
su pueblo, sin dejar descansar las manos un momento. "Hay fabriquitas
de cigarros en todas las esquinas".
"Desde
que tú entras a Tamboril", confirma sonriente la gerente,
"lo que huele es tabaco".
Otra
pequeña tienda con raíces en Tamboril es Reserva Dominicana
Cigars, en la Séptima Avenida en el Greenwich Village.
El
dueño Israel Capellán, de 26 años, asegura
que el negocio prospera gracias a que consumidores jóvenes
están descubriendo los cigarros como una actividad placentera
que les permite tener un tiempo para dedicarse a sí mismos.
Se trata, según Capellán, de un hábito relacionado
con la apacible vida dominicana.
Por
eso, dice, él brinda algo más que un producto: "Pienso
darle un poco de mi país a todo el que le vendo mis cigarros".
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